Nuestro objetivo del segundo día en Viena está centrado en una visita tranquila al museo de Historia del Arte desde primera hora de la mañana. Es uno de los museos más importantes del mundo, contiene obras que abarcan cinco milenios de historia, desde el antiguo Egipto hasta finales del siglo XVIII. El resto del día lo dedicaremos a recorrer, caminando y en bus turístico, otros lugares que no pudimos visitar durante el día de ayer.
Por la preciosa escalera principal ascendemos sin perder detalle hasta la planta principal, la planta de la pinacoteca, donde disfrutaremos de numerosas obras maestras de grandes artistas desde el siglo XV hasta finales del siglo XVIII. Recorremos tranquilamente sus cuatro amplísimas alas; a la derecha dos alas dedicadas a pintura italiana, española y francesa; y a la izquierda, las otras dos alas dedicadas a pintura neerlandesa, flamenca y alemana.
En la Sala I encontramos la «Madonna en el verde», pintada hacia 1506 por Rafael Sanzio (1483-1520). Es un ejemplo sublime de la armonía renacentista, donde la Virgen, el Niño Jesús y San Juan Bautista forman una estructura piramidal perfecta. Rafael, influido por la técnica de Leonardo da Vinci, utiliza una luz suave y una dulzura en los rostros que transmite una paz absoluta, convirtiendo esta tabla en una de sus obras más admiradas.
En la sala IV nos sobrecogemos ante el «Ecce Homo», una obra de madurez pintada por Tiziano (c.1490-1576) en 1543. En esta imponente escena, Poncio Pilato presenta a Cristo azotado ante una multitud que se adivina en la parte inferior. El uso magistral del color y la composición en diagonal guían nuestra mirada hacia la figura central, destacando la dignidad del sufrimiento frente a la agitación de los personajes que rodean la escalinata.
En el gabinete contiguo disfrutamos del ingenio de Arcimboldo (1526-1593) a través de sus célebres series. Nos quedamos con «El Verano», pintada en 1563, donde fascina observar de cerca cómo el perfil del rostro está compuesto por frutas y hortalizas de la estación: una mazorca para la oreja y un pepino para la nariz. Esta pieza manierista no es solo una curiosidad visual, sino un despliegue de minuciosidad técnica que sigue asombrando siglos después.
Ya en el ala izquierda, llegamos a una sala que alberga distintas obras de Anton van Dyck (1599-1641). Entre ellas «La captura de Sansón» con el dramático momento tras ser traicionado por Dalila, a quien vemos observando la escena. La influencia de su maestro Rubens es evidente en el dinamismo y la fuerza de los cuerpos, pero él añade un uso del color y una elegancia en las figuras que anticipan su etapa posterior como gran retratista de la corte inglesa.
En la sala dedicada a la pintura flamenca nos detenemos ante el retrato que Peter Paul Rubens (1577-1640) realizó a su segunda esposa hacia 1638. Conocida como «La pelliza», muestra a Helena Fourment saliendo del baño cubierta apenas por un abrigo de piel oscura. Es un prodigio barroco por el contraste entre la suavidad de la piel rosada y el pelo negro de la prenda; una obra tan íntima que el artista no quiso venderla y la conservó hasta su muerte.
En la sala número XII tenemos el honor de encontrarnos frente a frente con «El arte de la pintura» de Johannes Vermeer (1632-1675). Sin duda, su gran obra maestra, creada entre 1666 y 1668. En ella el pintor se representa a sí mismo vestido con un lujoso jubón mientras retrata a Clío, musa griega de la Historia y la poesía épica. Al parecer no se trata de una obra hecha por encargo, sino realizada por puro placer y para mostrar su estilo a posibles clientes.
Continuando por el ala izquierda de la planta principal, llegamos ante el «Tríptico de la Crucifixión» de Rogier van der Weyden (1399/1400-1464). Está datado entre 1443 y 1445. Se cree que constaba originalmente de un solo panel, sobre el cual se pintó simplemente el marco. En una etapa temprana, la obra se serró en tres partes, de modo que las representaciones de María Magdalena y la Verónica se convirtieron en los paneles laterales del tríptico.
En la siguiente sala, la número XI, nos encontramos el retrato más famoso que existe del emperador Maximiliano I de Habsburgo, el que realizó en 1519 el máximo representante del Renacimiento alemán, Alberto Durero (1471-1528). Lo pintó tras la muerte del emperador y posee plenamente el carácter de los retratos del Renacimiento, siendo un verdadero manifiesto de éste, al Norte de los Alpes, como en general lo es toda su obra.
El Kunsthistorisches Museum de Viena alberga la mayor colección mundial de pinturas de Pieter Bruegel el Viejo (1525/30-1569). Aproximadamente un tercio de las obras que se conservan de él, las podemos disfrutar aquí. Entre las más destacadas se encuentra «La torre de Babel», datada en 1563. En ella se pueden apreciar varias de las pautas más características del autor: una amplia panorámica, una perspectiva muy alta y una gran minuciosidad.
En la misma sala nos deleitamos con «Cazadores en la nieve», realizada en 1565 también por Pieter Bruegel el Viejo (1525/30-1569). Con esta obra demuestra ser uno de los mejores artistas del Norte de Europa de la época, continuando la tradición de El Bosco y abriendo una nueva etapa en la pintura de Flandes. El detallismo es tal, que puedes perder la vista mirando las decenas de figuras que pueblan esta obra maestra del arte universal.
Sin salir de la misma sala, disfrutamos de otra de las grandes obras de Pieter Bruegel el Viejo (1525/30-1569): la famosa «Boda campesina» datada en torno a 1567. Sin significado alegórico, la imagen representa con realismo una boda campesina flamenca. La novia, única mujer con el pelo suelto y única que ríe, se sienta frente a la cortina verde, con una corona de papel colgando sobre ella. Una ventana abierta a la vida cotidiana del siglo XVI, llena de bullicio y realismo.